recuerdo de cuando tenía siete años
y pensé que podía volar en bicicleta,
o al menos planear un poco, ya sabes, desafiar las reglas.
gravedad, fricción, consecuencias inmediatas,
y mi madre me curó con agua oxigenada
que dolía más que la caída misma, lo juro.
Hoy la miro y no veo fracaso sino valentía,
la marca de una niña que se atrevió,
que no calculó riesgos porque no sabía que existían,
que vivía en presente puro, en adrenalina inocente.
Ahora soy adulta, llena de cicatrices invisibles,
las del corazón roto, del trabajo perdido,
de las palabras que no dije y las que no debí decir,
y extraño cuando mis heridas eran tan simples.
Pero todas, las de afuera y las de adentro,
son prueba de que he vivido, que me he caído,
y lo más importante, que me he levantado,
con raspones nuevos pero aún en movimiento.
