donde las horas se enredan como cables olvidados en un cajón,
un eco persiste, un susurro que interpreta cada gota de lluvia
como un diluvio dirigido a su puerta.
no con la furia de una tormenta natural,
sino con el peso de malentendidos acumulados,
como páginas de un diario que el fuego no consume.
Publico palabras al aire, como hojas sueltas en un parque urbano,
y ellas, en su mente, se transforman en flechas envenenadas,
apuntando a un blanco que nunca tracé.
Es el realismo crudo de las noches insomnes,
donde el teléfono vibra con promesas vacías de tormenta.
Metáforas de un puente quemado,
donde el humo aún danza en el horizonte,
y cada paso adelante arrastra el lastre de interpretaciones errantes.
Pero avanzo, con el sol filtrándose entre nubes grises,
sabiendo que no todo reflejo en el espejo es un enemigo.
En la cotidianidad de un café solo,
o el scroll infinito de pantallas iluminadas,
persiste esa ilusión óptica:
cada silueta en la multitud parece un recordatorio,
un fantasma que se disfraza de realidad.
Sin embargo, el poema se escribe solo,
con tinta invisible para ojos que no ven más allá de su sombra.
