habla con los muebles ausentes,
como si fueran nuevas criaturas.
En esta casa el silencio tiene voz.
Las puertas ya no guardan secretos,
se abren a un aire de despedida.
Los relojes palpitan sin fe,
contando segundos que no pertenecen a nadie.
Todo respira, pero sin alma.
Sin embargo, la luz entra cada tarde
dibujando doradas heridas en los muros.
Allí, donde antes hubo risas,
ahora germina la paz, tímida y transparente.
Quizá la soledad también sea una forma de hogar.
Me siento en el centro del vacío,
lo oigo vibrar como un instrumento viejo.
La casa y yo nos comprendemos:
ambos fuimos habitados por otros,
y ambos seguimos de pie, esperando.
