Poemario III, Lo que quedó de confiar



Dedicatoria

A Carmen, 

 "A ti, que llegaste con el invierno en las manos y te marchaste dejando un incendio. Gracias por enseñarme que, aunque me rompas, mi naturaleza no es el filo, sino la calma. Te dedico este adiós, no porque te pertenezca, sino porque finalmente he dejado de pertenecerte a ti

Que estas páginas te acompañen en tus noches más quietas, allí donde el reloj se disuelve y las preguntas arden. He volcado en estas palabras mi propia geografía, mis ruinas y mis hallazgos, con la esperanza de que, al recorrerlas, encuentres un refugio o un espejo.."

Prólogo

En las páginas que siguen, podrás encontrar un eco de verdades silenciadas, un lamento que no busca venganza, sino comprensión. Este poemario es un viaje a través de las ruinas que deja el amor malentendido, la confianza traicionada y el dolor que nace de las expectativas rotas. 

No es un canto a la amargura, sino un testamento a la resiliencia del espíritu humano, que a pesar de las heridas, elige la compasión sobre la destrucción. Aquí se narra la historia de aquellos que amaron con lo que tenían, incluso cuando el otro solo ofrecía vacío. Es la voz de quien se mantuvo íntegro frente a la oportunidad de herir, y la de quien, aun roto, encontró la fuerza para soltar. Que cada verso sea un espejo donde el lector pueda reconocer sus propias batallas y, quizás, encontrar consuelo en la universalidad del desgarro.

Introducción

Escribir estas páginas no ha sido un acto de venganza, sino un ejercicio de supervivencia. Dicen que uno entrega lo que tiene en el pecho, y este poemario es la crónica de un choque entre dos mundos: uno que buscaba ser hogar y otro que solo sabía ser ruina. A lo largo de estos versos, hay un hilo conductor que me sostuvo cuando todo lo demás se deshacía: la decisión de no herir. A menudo confundimos la bondad con la debilidad, pero hay una fuerza inmensa en tener el arma en la mano, conocer exactamente dónde duele el otro y, aun así, elegir bajar el acero. No por el otro, sino por uno mismo. Porque convertirse en el monstruo que nos hirió es la derrota definitiva.

Este viaje comienza en el asombro del dolor y termina en la paz de la cicatriz. Es un recordatorio de que, aunque fui el escenario donde alguien más libró sus guerras internas, mis cimientos siguen en pie. Si alguna vez sentiste que tu lealtad fue un error o que tu amor fue un desperdicio frente a un corazón vacío, estas palabras son para ti.

Aquí no hay odio, solo la verdad desnuda de quien aprendió que, para sanar, primero hay que aceptar que no podemos llenar los vacíos de quien ha decidido habitar en su propio invierno.

I. Te dolió más no hacerlo

Pensé en tus ojos antes de herirte,  
en cómo dolería si fuera al revés.  
Pude devolver tus golpes,  
pero elegí quedarme en silencio.  

Tú no pensaste en mí,  
solo en calmar tus heridas con las mías.  
Ahora sé:  
cada quien ama con lo que tiene dentro,  
y tú solo tenías ruinas.  

***
II. No fue tu culpa, fue tu vacío  

No te culpo, de verdad,  
porque uno solo entrega lo que le queda.  
A ti solo te quedaba frío,  
y yo insistía en ver fuego donde no había nada.  

Tu daño vino de antes,  
yo solo fui la orilla donde rompieron tus olas.  
Si al destrozarme lograste sanar,  
entonces que tu paz me justifique.  

***
III. A mí sí me dolió 
 
Sí, me dolió.  
Y no me avergüenza decirlo.  
Dolió creer que no serías igual,  
dolió el peso de las promesas rotas.  

Me destrozaste sin pensarlo,  
y aun así,  
algo dentro de mí sigue esperando  
que algún día aprendas a amar sin romper.  

***
IV El espejo del daño  

Te miré y te creí distinto.  
No eras como los demás, dijiste,  
y eso bastó para que bajara mi guardia.  

Cuánta ironía.  
Fuiste único, sí,  
porque nadie antes había sabido romperme tan lento,  
tan sinceramente.  

***
V. Adiós con verdad  

Ya no necesito que sientas culpa.  
Solo quería que supieras  
que fui capaz de pensar en ti  
incluso cuando debí cuidarme de tu sombra.  

No te odio, no puedo.  
Solo dejo que el adiós suene claro,  
como una puerta que cierra despacio  
para no despertar lo que ya está muerto.  

***
VI. Pude, pero no quise  

Pude romperte como tú me rompiste,  
tenía en las manos el mismo filo  
con el que abriste mi pecho sin temblar.  

Pero pensé en tus noches,  
en tus miedos, en tus heridas viejas,  
y bajé el arma que nadie vio.  

Tú no pensaste en mí,  
solo en calmar tu guerra interna con mi paz.  
Y aun así, lo que más me duele  
es haber sido tan leal a alguien tan roto.  

***
VII.  Lo que llevas dentro 
 
No te culpo del todo,  
cada quien entrega lo que guarda en el pecho.  
Si solo tienes espinas,  
es lógico que hieras cuando abrazas.  

No sé quién te dañó tanto,  
pero fui castigo por errores que no cometí.  
Me usaste como vendaje,  
y al arrancarme, se te cerró la herida  
mientras la mía se abría para siempre. 
 
***
VIII. Sí, me dolió  

Me dolió, y no lo voy a negar.  
Me dolió creer en tus palabras  
cuando juraste que no sabrías hacerme daño.  

Confié en tu voz como en una casa segura,  
y resultó ser un incendio disfrazado de refugio.  
No me avergüenza decir que lloré,  
porque cada lágrima fue prueba  
de que mi amor sí era de verdad.  

***
IX. Este es mi adiós  

No voy a rogarte que entiendas  
todo lo que rompiste cuando mentiste.  
Solo quiero dejar claro  
que yo sí pensé en ti  
cuando tuve en mis manos la oportunidad de herirte.  

Elegí no hacerlo,  
y esa es la diferencia entre tu corazón y el mío.  
Te dejo con tu paz,  
si es que destrozarme te la dio.  
Yo me quedo con mi dolor,  
pero también con la verdad de saber  
que amé sin destruir a nadie.  

***
 X. Tú y tus ruinas  

Llegaste con las manos vacías  
y yo quise llenarlas de luz.  
No vi que traías un huracán en los ojos  
y una ciudad caída en el pecho.  

Te intenté reconstruir con abrazos,  
pero tú solo sabías derrumbar.  
Mientras yo ponía ladrillos de confianza,  
tú pateabas los cimientos sin mirar atrás.  

***
XI. La promesa que mentía  

Prometiste no parecerte a nadie,  
ser refugio y no tormenta.  
Te creí como se cree en la primera primavera  
después de un invierno largo.  

Pero tus palabras eran humo,  
bonitas solo hasta que el viento cambió.  
Fuiste juramento sin sostén,  
te deshiciste justo cuando más te necesitaba firme.  

***
XII. Lo que hiciste con mis lágrimas  

Conté mis lágrimas en silencio,  
eran más de las sonrisas que me diste.  
Cada noche era un mar distinto  
y tú ni siquiera sabías nadar conmigo.  

Lloré por todo lo que prometiste,  
por todo lo que no supiste cuidar.  
Fuiste experto en sacar de mí  
lo que ni yo sabía que dolía tanto.  

***
XIII. No era mi culpa  

Yo no tenía la culpa  
de las heridas que te abrieron antes.  
Solo llegué tarde a una historia  
donde ya habías perdido la fe.  

Me convertiste en enemigo  
cuando solo quise ser hogar.  
Pagué un precio muy alto  
por intentar abrazar lo que tú mismo no soportabas.  

***
XIV. Después del adiós  

Cuando dijiste “adiós”,  
algo dentro de mí también dijo “basta”.  
No fue un final bonito,  
pero al menos fue verdad.  

Me quedé con el eco de tus promesas rotas  
y con la certeza de mi propia lealtad.  
Si al destruirme tú sanaste un poco,  
entonces que mi dolor no haya sido en vano.  
Desde aquí, con el corazón hecho trizas,  
empiezo a aprender a elegir a quien no me rompa.  

***
XV No eras como los demás  

Dijiste que no eras igual que el resto,  
y tenías razón:  
nadie antes había destrozado tanto  
lo que yo cuidé con tanto miedo.  

No hubo otro que sacara tantas lágrimas  
de un mismo corazón cansado.  
Fuiste único en el daño,  
maestro en prometer calma  
mientras desatabas tormentas dentro de mí.  

***
XVI. Cenizas de un mapa

Construí un mapa con tus huellas, 
pensando que me llevarían a un tesoro. 
Cada paso era una promesa, cada desvío, 
un camino nuevo.

Pero tus huellas eran de humo, 
se borraron con el primer viento. 
Ahora solo quedan cenizas, 
y la memoria de un viaje 
que nunca debió empezar. 
No hay brújula que encuentre el rumbo, 
cuando el mapa que amabas se hizo polvo.

***
XVII. El jardín marchito

Planté semillas de esperanza en tu tierra, 
regué con mis ganas de que florecieras. 
Esperé el brote de un abrazo, 
la flor de una caricia verdadera.

Pero tu jardín ya estaba seco, 
tus raíces, duras como piedra. 

Mis semillas murieron sin germinar, 
y mi amor, como el agua en desierto, 
se perdió sin dejar rastro. 
Ahora solo queda la maleza del recuerdo, 
y la ausencia de lo que nunca fue.

***
XVIII. Mi fortaleza, tu arma

Mi confianza fue tu puerta abierta, 
mi vulnerabilidad, tu pasaje sin costo. 
Pensé que te daría un refugio, 
pero te di el mapa de mis puntos ciegos.

Convertiste mi luz en sombra, 
mi calma en un grito sin eco. 

Mi fortaleza no fue escudo, 
sino el arma que usaste con más 
destreza para desmantelar mi propio cielo. 
Y ahora, solo el silencio me protege
de lo que mi propio amor te entregó.

***
XIX. El eco de tu ausencia

Dejaste un eco en las paredes de mi alma, 
un sonido hueco de lo que fuiste y no eres. 
No fue el estruendo de un final, 
sino el murmullo de algo que se apaga lento.

Tu ausencia no es un grito, 
es un susurro que se cuela 
por cada grieta de mi olvido. 

Y aunque intente callarlo, 
el eco vuelve, como un viejo fantasma, 
a recordarme que una vez hubo 
un sonido donde ahora solo hay vacío. 
Tu partida fue un silencio que grita.

***
XX. La cicatriz que enseña

Esta cicatriz no es de derrota, 
es el mapa de un camino recorrido. 
Cada marca, un paso aprendido, 
cada dolor, una lección en mi pecho.

No la escondo, la muestro con orgullo,
 porque habla de lo que pude soportar. 
No me define, me fortalece, 
me enseña a elegir mejor mis batallas. 

Y aunque duela el recuerdo de tu filo, 
esta cicatriz es la prueba viva de que, 
incluso en la herida, 
se puede encontrar un nuevo amanecer.

Epílogo

Al cerrar este poemario, espero que no sientas el peso de la tristeza, sino la ligereza de la catarsis. Cada verso es un reflejo de la resiliencia inherente al corazón humano, la capacidad de amar con pureza incluso cuando se recibe daño. La colección de estos poemas es una invitación a la reflexión sobre el verdadero significado de la lealtad, el dolor y la sanación. Nos recuerda que, aunque el sufrimiento sea una parte ineludible de la experiencia humana, la elección de la compasión y la auto-preservación son actos de profunda valentía. Que este viaje poético sirva como un recordatorio de que, incluso en las ruinas de un amor roto, siempre hay una oportunidad para reconstruir, para aprender y, finalmente, para amar de nuevo, pero con una sabiduría renovada.

Photo Sharing and Video Hosting at Photobucket
Ricardo Abud (Chamosaurio)

Estudios de Pre, Post-Grado. URSS. M.Sc.Ing. Agrónomo, Universidad Patricio Lumumba, Moscú. Estudios en, Union County College, NJ, USA. Email: chamosaurio@gmail.com

Publicar un comentario

Deje su comentario

Artículo Anterior Artículo Siguiente