mucho antes de saber si tus pasos
alguna vez buscarían mi puerta.
con su indiferencia de reloj cansado,
mi pecho aprendía a pronunciarte
como quien aprende una oración antigua
que nadie responde.
Fui construyendo futuros diminutos:
dos tazas tibias sobre la mesa,
la lluvia golpeando ventanas compartidas,
una lámpara encendida en las madrugadas
donde el miedo pudiera dormir tranquilo.
Nunca pensé detenerme a escuchar
si en tus noches existía
aunque fuera un rincón pequeño para mi nombre.
Qué triste resulta descubrir
que el corazón puede adelantarse tanto
que termina viviendo solo.
Como esos trenes que parten vacíos
hacia estaciones donde nadie espera,
como cartas escritas con desesperación
que envejecen dobladas
en el fondo de un abrigo.
A veces regreso a aquellos días
y me observo desde lejos:
tan lleno de ilusiones inútiles,
tan dispuesto a entregar abrigo
a un invierno que jamás pidió refugio.
Y me da ternura esa versión mía
que confundía el silencio
con paciencia.
Todavía quedan restos tuyos
en ciertos rincones de la memoria.
No como heridas,
sino como la humedad que dejan las tormentas
mucho después de haberse ido.
Algunas canciones continúan abriendo ventanas,
algunas calles todavía pronuncian tu ausencia,
y ciertas noches llevan tu forma
sentada al borde de la cama.
Tal vez el amor más triste
sea aquel que nace completo
sin saber si tiene dónde quedarse.
Ese que florece solo,
sin preguntar si la otra alma
también estaba esperando primavera.

