ligera, tibia, como un fantasma amable.
me nombra con la voz del silencio,
me sostiene en la frontera del sueño.
Tu recuerdo no duele, florece.
Es un jardín sin dueño donde regreso ciego,
buscando entre las sombras
las huellas tibias de tus pasos
que aún arden en el aire.
Quisiera llamarte, pero temo romper la magia,
temo que la distancia se quiebre en ruido.
Prefiero este misterio sagrado,
donde el deseo flota sin cuerpo,
como una plegaria blanca al atardecer.
Aun así, cuando cierro los ojos,
te invento de nuevo en la penumbra.
Eres agua que no se apaga en mi boca,
luz que viaja por mis costillas,
razón de todo lo que callo.
