Cuando alguien se va
no se lleva solo su cuerpo.
el lado izquierdo de la cama,
la taza azul que era suya,
el ritual de las diez de la noche,
la forma en que decÃas su nombre
como quien enciende una luz.
Y tú te quedas
habitando un museo de gestos fantasma.
La mano que todavÃa busca la suya en el cine.
El oÃdo que sigue esperando el sonido de sus llaves.
La boca que guarda historias
que solo tenÃan gracia si era él quien las escuchaba.
Te das cuenta entonces
y esto es lo que más duele
de que tu mundo entero
giraba alrededor de un sol que se apagó.
Que aprendiste a ser satélite
y olvidaste cómo ser planeta.
Que tu risa dependÃa de su risa.
Que tu paz dependÃa de su presencia.
Que tu rostro en el espejo
solo cobraba sentido
cuando sus ojos lo miraban.
¿Y ahora qué?
Ahora toca lo más difÃcil:
quedarte.
Quedarte contigo
en medio del terremoto.
No huir hacia otro amor,
no tapar el vacÃo con ruido,
no buscar otro espejo
donde validar tu existencia.
Solo quedarte.
Sentarte en el centro de tu propia soledad
y dejar que te enseñe
lo que siempre estuvo ahÃ:
que ese vacÃo no lo creó quien se fue,
que ese vacÃo ya vivÃa en ti,
esperando,
esperando que tuvieras el valor
de llenarlo
tú mismo.

