Uno siempre sabe, incluso cuando
se cuenta historias para dormir tranquilo.
que se despierta en mitad de la noche
y respira hondo dentro del pecho.
A veces ruge, a veces susurra,
pero nunca miente.
Y yo te escuché antes de perderte,
te sentí antes de que empezaras a evaporarte.
Lo supe cuando tus manos dejaron de buscar,
cuando las palabras se volvieron cortas
y las respuestas tardías.
Lo supe cuando compartíamos el mismo espacio
pero tu mente estaba lejos,
tan lejos que ni siquiera mis preguntas
lograban alcanzarte.
Tu presencia era una sombra diluida,
una brisa que no rozaba nada,
ni siquiera mis ganas de quedarme.
Hay un cansancio que solo nace
cuando uno ama por dos.
Un desgaste lento, silencioso,
como agua filtrándose por una grieta.
Uno aprende a reconocerlo con el tiempo:
es el mismo peso que cargan los puentes rotos,
los que sostienen sin recibir nada.
Yo sostenía.
Tú simplemente te dejabas llevar por la corriente.
Y aquí estoy, enfrentando la verdad
que se me plantó delante
como un árbol que creció sin permiso.
No hay enojo.
Tampoco hay sorpresa.
Solo esta certeza que duele
pero libera:
uno no puede rescatar a quien
no quiere quedarse.
La intuición, ese animal feroz,
ya me había adelantado el final.
