que raspan la costra recién formada,
que vuelven una y otra vez a la grieta
donde el dolor aguarda, nunca cerrada.
hacia ese territorio de carne viva,
sino un vicio extraño, oscuro y tirano:
la necesidad de que la pena siga.
Urgar es remover lo que ya pasó,
traer al presente el fantasma del ayer,
tocar lo que duele porque dolió
y en ese dolor encontrar un placer.
No sanamos porque sanar exige
dejar de acariciar lo que nos mata,
soltar la historia que nos rige,
cerrar el cofre donde el veneno se ata.
Pero hay quien prefiere el conocido ardor
de una herida vieja, familiar, constante,
que el silencio incierto de un nuevo dolor
o el vacío blanco del instante.
Y así seguimos hurgando en lo roto,
arqueólogos de nuestro propio infierno,
excavando lágrimas, foto tras foto,
convencidos de que el sufrimiento es eterno.
Hasta que un día quizás la mano se cansa
de buscar en ruinas lo que ya no existe,
y descubre que la verdadera esperanza
no está en la herida, sino en dejarla triste.
