con voz de antiguos montes y ríos,
cuando la patria era el pan compartido
y la palabra dada bajo el mismo cielo.
por monedas que queman en la mano,
quien entrega los sueños de los otros
a cambio de un banquete solitario.
La traición no llega con estruendo—
se arrastra silenciosa, como niebla,
convierte el corazón en fortaleza vacía
donde ya no anida la memoria.
¿Qué queda cuando se rompe el juramento?
Un eco hueco en plazas desoladas,
el peso de miradas que acusaron,
la historia que no olvida ni perdona.
Porque la patria no es sólo la bandera
ni el himno que se canta en las mañanas—
es el rostro del niño que confía,
el sudor del que labra su esperanza.
Y quien traiciona eso, traiciona
no sólo tierra, escudo o apellido:
traiciona el pacto humano más profundo,
el deber con los que caminan a su lado.
Al final, el traidor queda solo
con su nombre manchado por los siglos,
recordando que hubo un tiempo
en que pudo elegir otro camino.
