El Mar y el Reflejo


La distancia se extiende como un mar en calma, pero su aparente paz esconde corrientes profundas. Navego sus aguas con una vela rota en el alma, contando los días en que el sol y la niebla circulan. Es una prueba de fuego para todo lo que se siente, una criba sutil que separa el oro del cascajo. Se lleva consigo el murmullo, el roce reciente, y deja solo el esqueleto de un amor que mira hacia abajo. Es la melancolía vestida de azul infinito, un horizonte vacío que me impide verte.

Pero al cerrar los ojos, el mundo se encoge, y en el teatro interior, la geografía se anula. No hay aduanas ni millas que el pensamiento recoja, solo la esencia clara de aquello que más me estimula. Tu risa resuena en las paredes de mi memoria, tu perfume es un ancla que me sujeta a la vida. En este refugio de ensueños, reclamo mi historia, donde cada detalle es una herida sanada y querida. Soy el guardián fiel de un tesoro íntimo y precioso, la imagen intacta de tu luz en mi noche.

Ella, la distancia, es también una maestra silente, que enseña el verdadero valor de lo que se ha perdido. Me obliga a afinar el oído, a ser más paciente, a no dar por sentado el abrazo prometido. Cada mensaje tuyo se convierte en un puerto, un faro encendido en la oscura tempestad. Me recuerda que el amor no es un cuerpo cubierto, sino una conexión que trasciende la realidad. Así el hilo invisible se tensa, no se rompe, alimentado por la fe que nadie corrompe.

Hay días, sin embargo, en que el peso es montaña, y el cielo se siente como una losa de plomo. La soledad se sienta a mi lado y me acompaña, preguntando cuándo el recuerdo se volverá lodo. Es la hora del demonio, del susurro que engaña, que insinúa el fracaso, el final de todo. Pero el compromiso es un escudo que no se doblega, un juramento mudo tejido en la despedida. Y sé que, si resisto, esta penumbra se pliega, ante la certeza firme de una nueva bienvenida.

Por eso abrazo este exilio temporal con firmeza, sabiendo que cada día que pasa es un paso más cerca. Cuando la espera culmine, cuando cese la tristeza, la distancia habrá sido un puente, no una cerca. Será el prólogo épico de un encuentro tan ansiado, la prueba irrefutable de un vínculo forjado en la fe. Entonces, el mar se hará charco, el espacio pasado, y en un solo instante sabremos por qué. La distancia, al final, no fue el fin, sino el camino que nos llevó, aún más fuertes, a nuestro destino.


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Ricardo Abud (Chamosaurio)

Estudios de Pre, Post-Grado. URSS. M.Sc.Ing. Agrónomo, Universidad Patricio Lumumba, Moscú. Estudios en, Union County College, NJ, USA. Email: chamosaurio@gmail.com

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