y la luna se aferra a la esquina del cielo.
En la penumbra del obrador, amasa
no solo harina y agua, sino la paciencia.
en la masa blanda y prometedora.
Saben el punto exacto de la elasticidad,
el momento justo en que la vida fermenta.
Da forma a las hogazas, redondas y firmes,
como planetas en miniatura.
Cada corte en la superficie es un jeroglífico,
una firma de harina y cariño.
Luego, el milagro del horno ancestral.
El frío se rinde al calor penetrante,
y el aroma se expande, un fantasma tangible,
que despierta a la calle con promesas.
Es el olor de la infancia, de la abuela,
de la mesa compartida en las mañanas.
Es un aroma que calma el alma,
un bálsamo de simpleza en un mundo complejo.
Cuando el sol asoma, su vitrina es un altar.
Allí descansan, doradas y perfectas,
las criaturas de su madrugada silenciosa.
Él no vende pan, vende pedazos de calma.
Y en la moneda que cambia de manos,
hay un gesto de agradecimiento mudo.
Es el trueque más antiguo: su oficio por sonrisas.
El panadero, un mago que alimenta el espíritu.
