Hay ciudades que se visitan y hay ciudades que te habitan. Moscú me habita. No como un recuerdo amable que se guarda con cuidado en algún cajón de la memoria, sino como una presencia viva, casi física, que camina conmigo aunque yo esté quieto, que respira aunque el mundo a mi alrededor haya cambiado tanto que a veces resulta irreconocible.
Nunca lo planifiqué así. Nadie planifica que una ciudad se convierta en su morada definitiva cuando se deja de ser joven y el mundo parece abierto en todas las direcciones. Moscú llegó a mi vida con esa mezcla extraña de atracción y resistencia que solo generan los amores verdaderos, los que no se eligen con la razón sino que simplemente ocurren, y luego ya no hay manera de deshacer el nudo.
Llegué siendo joven, con todo por construir, y Moscú se encargó de construirlo. No con suavidad , Moscú nunca fue suave, sino con esa honestidad ruda y generosa que tiene la ciudad cuando te acepta. No estudié ¨en¨ Moscú como se estudia en un escenario prestado. Estudié ¨con¨ Moscú, que era también mi maestra, mi contexto, mi idioma cotidiano. Sus aulas, sus bibliotecas, sus noches largas de estudio con el frío pegado a las ventanas, sus compañeros que se convirtieron en familia porque la distancia de casa obliga a inventar familias nuevas. Todo eso me hizo.
Aprendí a pensar en sus espacios, a dudar en sus bibliotecas, a celebrar en sus cocinas pequeñas y cálidas que contrastaba con el inmenso frío de afuera. La ciudad entró en mí por todos los poros mientras yo intentaba entrar en ella. Y al final me quedé. O algo de mí se quedó para siempre, aunque el cuerpo haya seguido otros caminos y otras edades.
Hoy camino despacio por sus calles. No porque las piernas me lo pidan sino porque una parte de mí todavía espera encontrarlos, esos amigos, esas amigas. En cada esquina, en cada banco, en cada entrada de metro que desprende ese aliento cálido y subterráneo que es igual desde siempre, busco caras. Las busco con esa mezcla ridícula de esperanza y razón que tiene quien sabe perfectamente que no las va a encontrar pero mira de todas formas, porque dejar de mirar sería admitir algo demasiado definitivo. Solo en mi último aliento miraré por última vez y solo ese día será definitivo.
No están.
Por supuesto que no están.
Están en otro lugar del mundo o están en ninguno, y lo que queda de ellos aquí, en estas calles que los vieron reír y discutir y enamorarse y equivocarse, es solo el eco que dejaron en mí. Moscú guarda mis recuerdos pero no me devuelve a las personas. Esa es su crueldad más silenciosa y más perfecta.
Hubo travesuras. Las hay en toda juventud que se vive de verdad, y la mía se vivió aquí, con la intensidad extra de quien está lejos de casa y descubre que la libertad tiene un sabor completamente nuevo cuando nadie te conoce y todo está por inventarse. No voy a nombrarlas porque algunas cosas merecen quedarse en ese espacio íntimo donde viven los secretos que nos definen sin que nadie más lo sepa. Pero están aquí, grabadas en ciertos lugares de la ciudad que cuando paso frente a ellos me producen una sonrisa que nadie a mi alrededor entiende. Una sonrisa que es completamente mía, que viene de un tiempo en que era otro y era más y era menos al mismo tiempo. Pasa igual con el llanto, lloro cuando camino y nadie entiende mis lagrimas, solo yo.
Fui joven aquí. Fui imprudente aquí. Y no me arrepiento de nada.
También hubo angustias. Las que vienen con el estudio cuando sientes que el conocimiento es un océano y tú apenas sabes flotar. Las que vienen con el invierno largo cuando la oscuridad entra temprano y se queda demasiado tiempo y algo dentro de ti empieza a preguntarse cosas que de día no te atreves a preguntar. Las que vienen con la distancia de los tuyos, ese dolor sordo que aparece en los momentos más inesperados, en una canción, en un olor de cocina, en una tarde de domingo que de repente pesa toneladas. Las que vienen con las noticias de que vas a ser padre, y solo tienes el nombre en la mente, Andres.
Moscú me enseñó a cargar con la angustia sin quebrarme. No a evitarla sino a caminar con ella, a convertirla en combustible para seguir. Esa es otra de las cosas que me dejó esta ciudad: una dureza interior que no es frialdad sino resistencia. Una manera de pararse frente al frío, literal y metafórico, y seguir caminando.
Y el amor. El amor en Moscú tiene una temperatura propia.
Quizás sea el contraste con el frío de afuera lo que hace que todo se sienta más adentro. Quizás sea que cuando el invierno aprieta y el mundo se vuelve blanco y silencioso, los cuerpos y las almas se buscan con una urgencia que en climas más amables no existe de la misma manera. Amé aquí. Amé de esa manera en que solo se ama cuando se es joven y no se sabe todavía que el amor también termina, que las personas se van, que lo que parece eterno en una noche nevada de Moscú puede disolverse con la misma facilidad con que se deshace la nieve en primavera.
Hay un lugar en esta ciudad, no diré cuál porque es mío, donde todavía siento que el aire tiene una densidad diferente. Donde algo de aquel amor quedó pegado a las paredes o al suelo o simplemente al espacio, y cuando paso por ahí el cuerpo lo recuerda antes que la mente. El cuerpo siempre recuerda antes que la mente. Busco esa cara también cuando camino. Y tampoco está. Solo está el lugar, fiel e indiferente, guardando algo que ya no le pertenece a nadie más que a mí.
La felicidad. Esa también la viví aquí y también la busco en las caras que ya no encuentro.
La felicidad de las noches largas de conversación cuando el tiempo dejaba de existir y las ideas volaban de boca en boca y todos éramos brillantes y posibles e infinitos. La felicidad pequeña y perfecta de ciertos desayunos, de ciertas nevadas vistas desde adentro con una taza entre las manos. La felicidad colectiva de ser jóvenes juntos en una ciudad enorme que no nos pertenecía y que sin embargo sentíamos completamente nuestra.
Esa felicidad no se repite. No porque sea imposible ser feliz de nuevo, uno puede serlo, de otras maneras y con otras personas, sino porque esa felicidad específica tenía los rostros de personas concretas y los rostros ya no están y sin ellos la felicidad es otra cosa. Es otra palabra. Es algo que se parece pero que sabe diferente, como cuando intentas recordar el sabor exacto de algo que comiste una sola vez y hace mucho tiempo.
La Plaza Roja no era un destino turístico en mi vida cotidiana. Era parte del paisaje del alma, algo que estaba ahí como están las cosas importantes: sin anunciarse, sin pedir atención, pero presentes con una gravedad que se siente en el pecho. El cambio de guardia lo vi tantas veces que debería haberlo normalizado. Nunca pude. Cada vez había algo en esa precisión, en esa solemnidad casi litúrgica, que me detenía y me recordaba que estaba viviendo dentro de la Historia, no mirándola desde afuera a través de un cristal.
Eso no le pasa al visitante. Le pasa solamente al que vive allí, al que esas imágenes se las gana con el tiempo y con el frío y con los años depositados calle por calle.
Ahora el cambio de guardia ya no existe como existía. Y esa ausencia es también una manera de entender que el mundo al que pertenecí ya no está, que sobrevive únicamente en los que lo vivimos, y que cuando nosotros nos vayamos se irá del todo, sin dejar rastro visible en ningún lugar del mundo excepto en estos ensayos que escribo para conjurar lo que se niega a morir.
El Moscú de hoy ha cambiado. Por supuesto que ha cambiado. Las ciudades vivas cambian, y Moscú siempre estuvo obstinadamente viva bajo todas sus capas de granito y protocolo y solemnidad soviética. Hay cosas nuevas que me resultan ajenas, superficies que no reconozco, ritmos distintos en las aceras. Pero camino con los ojos cerrados y encuentro todo lo que busco. El olor particular de ciertas estaciones del metro. El sabor del pan negro en invierno. La luz oblicua de las tardes de otoño cayendo sobre los edificios como si la historia misma se pusiera dramática y quisiera ser recordada.
Mis pies saben el camino aunque la mente a veces dude. Me sé de memoria sus calles, sus curvas, sus distancias. Me sé los olores y los sabores y los sonidos. Y sobre todo me sé su gente, esa gente que tiene fama de fría y que en realidad es simplemente honesta, que no sonríe por compromiso sino cuando tiene razones reales para hacerlo, y que cuando te abre la puerta de su mundo te la abre de verdad y para siempre.
Eso es lo que hace una ciudad cuando de verdad te posee: te la aprendes no con la cabeza sino con el cuerpo. Y el cuerpo no olvida.
Y entonces a veces me lo encuentro.
En una calle, en un café, en alguno de esos lugares que frecuentábamos y que siguen ahí como si el tiempo no hubiera pasado. Un compañero de estudio, alguien con quien compartí aulas y noches largas y quizás alguna travesura que ninguno de los dos nombrará jamás. Nos miramos y en ese segundo antes de saludarnos ocurre algo que no necesita palabras: el reconocimiento. No solo de quién es el otro sino de lo que los dos perdimos, o más exactamente, de lo que los dos dejamos aquí sin darnos cuenta de que no íbamos a poder recuperarlo.
No hace falta explicar nada. Esa es la extraña gracia de estos encuentros. No hay que decir ¨yo también busco caras¨, no hay que confesar que uno camina por estas calles convocando fantasmas. El otro lo sabe. Lo sabe porque le pasa exactamente igual.
Hablamos un rato. Nos reímos de algo que solo nosotros entendemos. Y cuando nos despedimos hay en ese abrazo algo solemne y triste, como si nos estuviéramos reconociendo sobrevivientes de algo que nadie más vivió exactamente igual. Luego cada uno sigue su camino, a seguir buscando caras que no van a aparecer.
Moscú nos robó el alma a todos. Con una que otra excepción, claro. Están los que escaparon enteros, los que se fueron sin dejar nada en la nieve. Los miramos con una mezcla de admiración y algo que parece un poco a la lástima, aunque no seamos capaces de explicar bien por qué. Quizás porque sospechamos que quien no fue robado por Moscú es porque nunca se entregó de verdad. Y nosotros sí. Nosotros nos entregamos sin condiciones, sin calcular, sin guardar nada de reserva.
Hablo con Natasha y mientras le cuento me doy cuenta de algo que me toma desprevenido: ella me mira con una mezcla de ternura y algo parecido a la envidia noble, la que siente quien entiende que se perdió algo que valía la pena. Le hablo del cambio de guardia y ella no tiene esa imagen en la memoria porque cuando yo la vivía ella aún no existía, o era demasiado pequeña para que el mundo tuviera forma. Hay algo profundamente melancólico en eso, y también algo hermoso: que la ciudad que me formó a mí es también la ciudad que la formó a ella, aunque en versiones distintas, como si Moscú fuera un libro del que cada generación lee un capítulo diferente sin conocer los anteriores.
Le cuento y mientras hablo me doy cuenta de que no le estoy contando solo a ella. Me estoy contando a mí mismo. Estoy revisando las páginas para asegurarme de que siguen ahí, de que no se han borrado. Y estoy haciendo algo más: mientras los cuento, ellos viven. Mientras alguien los escucha, no se han ido del todo. Eso es lo que hago cuando camino buscando caras en Moscú. No las busco de verdad. Sé perfectamente que no están. Las convocó. Las traigo un momento a estas calles que las conocieron. Las dejo caminar un rato más conmigo por una ciudad que fue de todos nosotros y que ahora, de maneras distintas y solitarias, es solo de cada uno.
Nunca pensé que Moscú sería mi morada definitiva. Pero las moradas más verdaderas son siempre las que no elegimos con la razón sino las que el alma simplemente reconoce como suyas, sin pedir permiso, sin dar explicaciones.
Una relación de odio y de amor, sí. Así la definiría si tuviera que hacerlo en pocas palabras. Pero esas pocas palabras no alcanzan. No alcanzan para explicar lo que significa cargar con una ciudad entera adentro, con sus inviernos y sus plazas y sus caras perdidas y sus amores deshechos y sus travesuras sin nombre y sus angustias superadas y su felicidad irrepetible.
No alcanzan para explicar lo que significa caminar por sus calles hoy, tantos años después, y sentir que el tiempo no es una línea recta sino un círculo, y que en algún punto de ese círculo todavía existe un joven que acaba de llegar, que mira todo con los ojos abiertos, que no sabe todavía que esta ciudad se lo va a quedar todo.
Y que si lo supiera, lo dejaría de todas formas.








