cuando el alba rompió las cadenas
fue el espejo cubierto de hiedra,
el que aprendí a limpiar sin temblor.
perdiendo mi nombre en cada curva,
disolviendo mi cauce
en la sed de costas ajenas.
Pero hay batallas que no se libran
con espadas contra el enemigo:
se combaten con raíces
hundidas en la tierra de uno mismo.
Había olvidado el sabor de mi propia agua,
el eco de mi voz sin interferencias,
la constelación particular
que mi soledad dibuja en lo oscuro.
No fue contra ti
nunca lo fue.
Fue contra el fantasma que llevaba tu forma
y habitaba mi pecho como ocupante,
cobrando renta en latidos.
La victoria más silenciosa
es reconocer el hogar en la propia piel,
cerrar la puerta a los ecos prestados,
y encender la luz
que siempre estuvo esperando
en el centro exacto
de mi nombre.
Gané el derecho sagrado
de ser testigo de mi propia vida,
de aplaudir mis amaneceres
sin pedir permiso a ninguna ausencia.
Volví.
No como quien regresa derrotado,
sino como el árbol que comprende
que sus raíces
jamás estuvieron diseñadas
para perseguir al viento.

