Moldean el rostro, pulen el alma,
doblan los instantes como pétalos caídos,
hasta hacer del cuerpo una vasija de horas.
Cada arruga es un verso en la piel del destino,
cada mirada, una grieta de luz.
El tiempo no roba, traduce:
convierte la prisa en calma,
y los días en un ritmo secreto.
A veces juega a deshacer los nombres,
a esconder el futuro en espejos de ayer.
Pero en su danza implacable
también deja migas de eternidad,
momentos que no se gastan jamás.
Yo lo miro pasar y sonrío.
No hay lucha, solo aceptación.
Las manos del tiempo son las mías,
labran la misma arcilla,
buscando la forma de durar en lo efímero.
