como un perro plateado y eterno.
sus mapas, cicatrices en el polvo.
El horizonte lo miraba sin prometer destino.
Cada noche, el silencio pesaba más.
Los astros eran ojos de antiguos testigos,
y el viento llevaba voces de caminos no andados.
“Caminar”, pensó, “es aprender a perder todo”.
Aun así, siguió.
En el desierto soñó con un río inexistente,
bebió su reflejo y creyó vivir.
La luna lo acariciaba como quien despide,
como si supiera que todo viaje
es solo una forma de quedarse vacío.
Cuando el amanecer lo encontró,
no llevaba más que su sombra ennegrecida.
Pero en sus ojos dormía una verdad suave:
que nada se busca, solo se recuerda,
y cada paso es un regreso disfrazado de partida.
