Lo que nadie me enseñó a deshacer


Aprendí tu nombre cómo se aprende un idioma,
con la boca torpe y el corazón dispuesto,
sin saber que hablaba solo,
que del otro lado no había nadie atento.

Te construí despacio, arquitectura por arquitectura,
le puse luz a tus silencios,
le puse fondo a tu distancia,
y llamé profundidad a lo que era simplemente ausencia.

No mentiste.
Eso es lo que más duele.
Fuiste exactamente lo que eras
y yo decidí no verte.

Me enamoré del hombre que inventé
con los materiales que me diste,
con las grietas que llené de esperanza
y las huidas que traduje como misterio.

No tengo nada que perdonarte.
Ojalá lo tuviera.
Sería más fácil odiarte un poco
que aprender a perdonarme a mí.

Perdonarme por haberme abandonado
cada vez que te busqué,
por haber apagado mi propia voz
para escuchar la tuya, que nunca habló de mí.

Amé mal no porque amé demasiado,
sino porque elegí mal el cielo
donde soltar todo ese peso
que merecía otro suelo.

Y aquí estoy,
con el amor intacto y sin destino,
aprendiendo que lo que entregué no era el error,
sino el camino.

Que amar así, tan adentro, tan en serio,
no es una herida que esconder.
Es lo único que sé hacer con honestidad.
La próxima vez,
será para alguien que sepa también
cómo quedarse.


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Ricardo Abud (Chamosaurio)

Estudios de Pre, Post-Grado. URSS. M.Sc.Ing. Agrónomo, Universidad Patricio Lumumba, Moscú. Estudios en, Union County College, NJ, USA. Email: chamosaurio@gmail.com

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