y en la penumbra tibia de lo que fui,
te veo.
no como nombre,
sino como un eco errante
que roza las paredes de mi conciencia.
Tu alma deambula—
herida de decisiones que no supieron quedarse,
buscando otros ojos
que elegiste perder.
Y allí vas,
arrastrando silencios,
recogiendo fragmentos de miradas rotas,
como si pudieras reconstruir lo que negaste.
Pero no hay refugio
en lo que uno mismo despoja.
Te extraviaste, sí,
pero no en caminos ajenos,
sino en la grieta exacta
donde tu voluntad tembló
y soltó lo que amaba.
Ahora te observo,
desde este lado de la ausencia,
preguntándome si alguna vez
volverás a reconocerte
en el reflejo que dejaste atrás.

