que se quedan flotando en el aire denso
como polvo de luz en una habitación cerrada.
y yo te respondo: a ninguna parte.
Se quedan ahí,
agazapadas en los rincones del pecho,
temblando con su peso no dicho,
con su furia de semilla que no germina.
Porque hay silencios que gritan,
espacios en blanco que arden más que cualquier confesión,
y entre tu callar y el mío
se levanta un estruendo invisible,
un terremoto de intenciones
que sacude todo sin mover nada.
Las palabras que él no dice
que ambos no decimos
se esconden detrás del miedo a su propio nombre,
a ese sonido que lo cambiaría todo,
que rompería el cristal frágil
de lo que todavía puede fingirse.
Por eso existe tanto ruido en nuestros silencios:
porque lo no dicho pesa,
porque lo oculto respira,
porque cada palabra guardada
late con la violencia de lo vivo,
de lo que espera su momento
o de lo que morirá sin nacer,
ahogado en la cobardía de nuestras bocas cerradas.
Y así vivimos,
rodeados de fantasmas con lengua propia,
de ecos que nunca fueron voz,
en este espacio atronador
donde todo suena
precisamente porque nada se ha pronunciado.
