guarda el polvo de cien años leídos.
Cada lomo desgastado es un ropaje
para un alma que aún respira.
ciegos buscando un latido familiar.
Encuentro uno, con las páginas manchadas
de café y una lágrima seca.
Lo abro y surge, intacto,
el aroma a lluvia de aquel otoño.
La promesa que hicimos, y no cumplimos,
entre líneas que el tiempo no borra.
Cierro el libro, cierro la memoria.
El polvo se posa de nuevo, silencioso.
Las historias esperan, pacientes,
a que otra mano las despierte.

