y el mundo no hizo ruido,
pero las costumbres sí.
mirando alrededor
buscando una mano que ya no existe.
El silencio no dolió primero:
dolió la taza vacía,
dolió la palabra sin oído,
dolió la risa que no encontró su regreso.
Y entonces temblé.
No porque estuviera roto,
sino porque una parte de mí
que había dormido demasiado
despertó con hambre de verdad.
Ahí supe
que la ausencia no crea huecos:
solo ilumina los que uno evita mirar.
