ni seda en el lenguaje para suavizar el filo.
La soberanía es un eco que se vuelve oscuro
cuando el mando se entrega, vacilando en el hilo.
mientras se aprieta el nudo de una ajena cadena;
y en el teatro político, tras las falsas fronteras,
la patria es una apuesta en una mesa ajena.
Se ha perdido la línea, el pudor del mandato,
la vergüenza institucional se volvió desvarío;
se ha pactado el silencio, se ha vendido el contrato,
y el poder es un frío que se extiende al vacío.
Pero la historia esa que no tiene prisa
ya está escribiendo el juicio en cada casa abierta,
en la mirada del hombre que sostiene la risa
cuando el alma siente la herida al descubierto.
Porque allá arriba, el cálculo y la estrategia fría
se alimentan del tiempo, del miedo y la espera,
mientras abajo, la inmensa Venezuela es guía,
la que no firma el pacto, la que siempre resiste entera.
No es obediencia, es amor a la vida latiendo,
una fibra que tensa contra el desgaste impuesto;
es un pueblo que sabe, que calla, que está viendo
que el verdadero juicio ya se ha puesto.
Ningún ciclo es eterno, ni el poder es sagrado,
toda sombra se marcha cuando el sol se levanta;
la dignidad sobrevive al imperio del pasado,
y es la misma esperanza la que el pueblo levanta.
