es la costumbre de llenarlo.
La mano que se estira en la madrugada
hacia un cuerpo que ya no respira a tu lado.
y no tener a quién mandarle
la foto del cielo de esta tarde,
ese cielo que solo tiene sentido
si alguien lo mira contigo.
Te levantas,
pero no estás.
Caminas,
pero tus pies no tocan el suelo.
Te miras al espejo
y ves a un actor repitiendo su papel:
sonreÃr, respirar, continuar.
Pero adentro todo tiembla.
Y no sabes si es miedo o cansancio
o simplemente que tu cuerpo
está tratando de sacudirse
todo lo que no era tuyo:
la voz que usabas para complacerlos,
la risa que ensayaste para que se quedaran,
la forma en que doblaste tu columna
para caber en sus brazos.
Lo que nadie te dice
es que ese temblor no es debilidad.
Es la crisálida rompiéndose.
Es la mariposa abriendo paso
a través de su propia cárcel.
Duele, sÃ.
Duele como duele nacer.
Pero del otro lado de ese dolor
hay algo que nunca imaginaste:
tú,
completo,
sin necesitar que nadie te sostenga.
