y el traje, ajustado, celebra curvas de la edad.
Los villanos de antaño hoy tienen próstata aumentada,
y discuten de pastillas en el banco del parque.
y su oído de lince capta el rumor de la cafetera.
En vez de salvar el mundo, salva a su gato del árbol,
que lo mira con desdén, como diciendo "qué lento".
La sede secreta es un ático con olor a humedad,
y el cohete ya no arranca, pide una revisión.
Los periódicos viejos, amarillos en una caja,
cuentan hazañas que hoy le provocan dolor de espalda.
Pero a veces, en la noche, mira las estrellas,
y siente un cosquilleo en los huesos entumecidos.
Recuerda el vuelo rasante sobre rascacielos brillantes,
el zumbido de su rayo y el clamor de la multitud.
Ya no necesita aplausos, ni un monumento en la plaza.
Le basta con la memoria de haber sido, por un instante,
alguien que creyó que un hombre podía detener el mal
con un puño en alto y un corazón limpio.
Y sonríe. Porque los héroes no se jubilan,
solo cambian de batalla. Hoy su misión es mayor:
vencer la soledad, domar el tiempo,
y ser el abuelo superhéroe de sus nietos y nieta que aún creen.

