la tuya sin azúcar, la mía demasiado dulce.
Han pasado tres años y aún preparo la tuya,
porque olvidar tus gustos sería olvidarte completo.
tus manos rodeando la cerámica tibia,
esa risa que hacía temblar el líquido oscuro
cuando te contaba mis desastres del día.
Ahora bebo las dos, una tras otra,
saboreando la amarga y luego la dulce,
mezclando lo que fuimos en mi garganta sola,
brindando con tu ausencia por lo que no vuelve.
La cafetera sigue haciendo ruido para dos,
y yo sigo poniendo servilletas de más,
porque hay costumbres que son más fuertes que el adiós,
y el amor se aferra a los rituales más simples.
