que florece cuando el pasado ya no dicta órdenes.
No es un grito contra nadie,
ni una piedra lanzada al recuerdo.
donde aprendí a respirar sin miedo.
No busco cuentas pendientes
ni tribunales para mis heridas.
Mi guerra verdadera fue contra las horas perdidas,
contra las noches en que mi nombre
sonaba pequeño dentro de mi propia boca,
contra las dudas que se sentaban a mi mesa
como si fueran dueñas de la casa.
Pagar con la misma moneda
es una forma elegante de seguir siendo prisionero.
El golpe que no devuelvo
no es debilidad ni olvido:
es la decisión de no convertirme
en aquello que me rompió por dentro.
El rencor es un árbol seco,
un tronco torcido que promete sombra
pero sólo deja caer frutos amargos.
Nadie construyó jamás una casa verdadera
con ladrillos hechos de odio.
Por eso no invierto mi tiempo en ese mercado.
No tengo presupuesto para la amargura.
Mis manos aún guardan semillas,
y he decidido sembrarlas
en la tierra obstinada de la fe.
Prefiero esperar la lluvia de la esperanza
antes que cosechar tormentas de rabia.
Me niego a creer
que el corazón debe volverse piedra para sobrevivir.
La dureza no es victoria,
la furia no es fuerza.
El primer golpe no siempre gana;
a veces sólo revela quién perdió primero su alma.
Ser feliz es cerrar la puerta del ayer
y cambiar la cerradura del alma.
Es decirle al pasado, con una sonrisa serena:
ya no tienes las llaves de mi casa.
Y cuando mire atrás,
cuando el tiempo se siente conmigo
a contar las batallas vencidas
y las derrotas que también me enseñaron a caminar,
entenderé algo simple y enorme:
que mi triunfo no fue herir a nadie,
ni cobrar antiguas deudas,
ni demostrar que tenía razón.
Mi triunfo fue más silencioso,
más difícil,
más humano.
Mi triunfo fue aprender a ser feliz.

