La marea del tiempo se lleva, día a día,
los nombres de las cosas, los rostros queridos.
Islas de recuerdo emergen por segundos, y se hunden.
Fue un golpe sordo, un frío en el estómago.
Pero en sus pupilas, detrás de la niebla,
asomó un destello de amor, puro y ciego.
Habla de su infancia como si fuera ayer,
de un caballo llamado Relámpago, blanco.
Nos cuenta la guerra, con detalles nítidos,
pero no recuerda si ya almorzó hoy.
Tomamos té en la tarde, un ritual sagrado.
Él sostiene la taza con manos que tiemblan.
Me llama "niña", como cuando era pequeña,
y por un momento, el mundo vuelve a su sitio.
A veces, en la noche, canta una canción antigua.
La letra fluye, intacta, de su garganta.
Es la música quien guarda la llave secreta
de los cajones que el olvido no puede cerrar.
No lucha contra la sombra, ya hizo las paces.
Sonríe con una dulzura que desarma.
Aferrado al presente, a un gesto, a una mano,
sabe que el amor es lo último que se pierde.
Y yo, que soy su memoria ahora, le sostengo la mirada.
Le digo "abuelo", y cargo con todo su pasado.
En su confusión, hay una verdad profunda:
somos el amor que damos, hasta el último suspiro.
